Alot Olot
Investigación, exposición y publicación. Olot, 2024
Con Roger Serrat-Calvó
El carácter de la ciudad de Olot y su entorno, a través del paisaje y la arquitectura, centran el ensayo visual: Alot Olot. Arquitectura, paisatge i deliri garrotxí. Refleja una sensibilidad colectiva, compartida por todas las capas de la sociedad, donde seguramente planea el aura de la Escuela de Arte. Y también, la contradicción no resuelta entre la idealización del paisaje bucólico de los pintores paisajistas y el desarrollo industrial de la ciudad, impulsado por artesanos formados en la misma escuela.
Este relato está construido por muebles, rótulos, habitaciones, edificios, fachadas, calles, jardines y parajes. Agrupa situaciones específicas de lo que se ha construido en Olot y su entorno, ya sean comunes y repetidas a modo de patrón, o hechos singulares y excepcionales. Sin duda, hay tantos paisajes como observadores y, también, tanta belleza, según cómo se mire. Vistas simultáneamente, expresan, en nuestra opinión, tres dualidades que abarcan el conjunto de casos de este relato y, quién sabe, si del carácter de la ciudad: curiosidad e imaginación, rigor y sensibilidad, ingenio y fantasía.
Se han valorado aquellos ejemplos que permiten formar parejas y transmitir ideas que se evidencian a través de la comparación. La selección y la relación de estos paisajes es el propósito principal de la publicación. Pocos casos tendrían suficiente interés por sí solos; en cambio, agrupados, adquieren un sentido. De ahí surge la maquetación de este libro, con dos imágenes por cada doble página, donde cada pareja complementa de alguna manera la comparación de las dos anteriores y anticipa las dos siguientes.
Ernest Lluch utilizaba la expresión «efecto suyo» cuando el aislamiento geográfico de un territorio hacía que el gasto económico se reinvirtiera en el mismo ámbito, contribuyendo a una dinamización económica autoestimulada. Este mismo concepto podría trasladarse a los campos de la arquitectura y las artes visuales. El aislamiento propicia que las personas se alimenten de su ideario iconográfico y lo reformulen a su manera, sucesivamente, incluso llegando al delirio. Y la Escuela de Arte de Olot (1783) juega un papel importante en este «efecto suyo» y se convierte en el cruce de muchos aspectos. Es conocida por los pintores paisajistas que, a partir de mediados del siglo XIX, proyectaron un imaginario basado en un paisaje bucólico de atmósfera húmeda, verde frondoso y profundo, agua abundante y un substrato volcánico. Sin embargo, el propósito principal de la Escuela era formar personal para diseñar los estampados de las indianas que se producían en la pujante protoindustria local. Posteriormente, se sumó la industria textil y la de la imagenería religiosa, instaurada precisamente al revés, para dar salida a los estudiantes de la Escuela. Estamos hablando, pues, de miles de trabajadores dedicando su jornada laboral a tareas artesanas, o incluso artísticas, durante los siglos XIX y XX.
De la misma Escuela surgirían dos formas de entender la ciudad: el trabajo y la fábrica, y el paisaje bucólico y el mundo rural, que desembocan en una contradicción, aún no resuelta hoy en día, y que seguramente está detrás de muchos de los casos y del carácter de la ciudad.